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Por Armando Añel. Publicado en el Blog de Ichikawa. Tras
el episodio de Bahía de Cochinos, en el marco de la nacionalización de
la enseñanza privada y mientras el gobierno de Fidel Castro arreciaba
su ofensiva “antimperialista”, el proceso de alfabetización de 1961
vino a ponerle la tapa al pomo de la institucionalización del
totalitarismo. La masificación avanzaba indetenible, los comunistas
ganaban posiciones en el ajedrez de la burocracia estatal y el sistema
educacional cobraba cada vez más importancia a los ojos de la clase
gobernante. Había que acelerar la carrera hacia la consolidación del
nuevo régimen.
Desde un punto de vista objetivo, que considere
rigurosamente los modelos de actuación seguidos por el castrismo a
partir de 1959, suponer que la Campaña Nacional de Alfabetización tuvo
como única meta enseñar a leer y escribir a la población analfabeta
parece, cuando menos, superficial. Las autoridades cubanas apuntaban a
blancos adicionales, alcanzados las cuales el régimen estaría en
condiciones de expandir, de manera expedita, su proyecto de dominación
social:
1- Pegar un golpe de mano publicitario, estableciendo
las coordenadas que cimentarían el poder mediático de la llamada
revolución cubana, ante el que sucumbirán organizaciones
internacionales formalmente tan ponderadas como la UNESCO. Los
revolucionarios concurren al escenario de la opinión pública en calidad
de benefactores, nimbados por la aureola de haber acabado con el
analfabetismo en Cuba. Aunque la campaña de alfabetización no erradicó
ni mucho menos dicho fenómeno –numerosos especialistas consideran que
el carácter politizado e improvisado de la movilización impidió que
esto pudiera lograrse-, sí sirvió para convencer al mundo, e incluso a
gran parte de la población cubana, de que el gobierno lo había
conseguido, lo cual era, en primera instancia, el objetivo a alcanzar.
2-
Cocinar a la población analfabeta, y por extensión a la población en
general, en el aceite de la veneración al régimen y a su representante
por antonomasia, Fidel Castro. La campaña introduce oficialmente, de
manera patente y masiva, la “asignatura” ideológica en el sistema
educacional cubano, otorgándole una preponderancia indiscutible sobre
el resto de las materias; todo en la movilización, desde los textos más
elementales hasta las arengas más insulsas, fue concebido en función de
celebrar los logros, cualidades y programas de los nuevos gobernantes.
A partir de aquí la única ideología permitida -la cual, entre otros
muchos excesos, revisaría la historia nacional a conveniencia- comienza
su largo reinado sobre el sistema de enseñanza.
3- Iniciar el
proceso de anulación de la influencia familiar entre las generaciones
más jóvenes, echándolas en brazos del Estado. Miles de adolescentes son
separados de sus progenitores durante largos períodos, bajo el fuego
cruzado de la propaganda oficialista y un ambiente que tendía a diluir
las especias individuales en el trepidante ajiaco revolucionario. Como
señala el profesor Rolando Espinosa en su libro Ideas para la
reconstrucción educacional de Cuba liberada, los bisoños
alfabetizadores son conducidos “a los lugares más apartados y
solitarios del campo, creando un estado de promiscuidad cuyo resultado
fue una enorme cantidad de ‘alfabetizadoras’ adolescentes embarazadas,
las cuales eran llevadas a Varadero”, donde abortaban bajo supervisión
estatal.
En definitiva, la Campaña Nacional de Alfabetización
tuvo el dudoso privilegio de adelantar lo que sería la gestión
castrista en casi todos los órdenes, la de una administración abocada
al control del cuerpo social y el tremendismo de la consigna
voluntarista, para la que la prosperidad del país y su gente
constituían, en todo caso, un asunto menor. Sobre los restos de la
campaña comenzó a levantarse la pirámide de una educación
extremadamente politizada, intolerante para con la diferencia, cuya
principal función consistió en instruir a las nuevas generaciones de
cubanos en la aceptación incondicional del castrismo y sus directrices.
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